Los Centenarios de Charles Darwin

1. Darwin y su obra: ¿un hito en la Historia y en la Historia de la Ciencia?

2. Darwinismo y Religión: Francisco José Ayala Pereda

 

1. Darwin y su obra: ¿un hito en la Historia y en la Historia de la Ciencia?

Sería poco decoroso para nuestra revista que dejáramos sin celebrar este doble aniversario sobre Darwin y su obra: el doscientos aniversario de su nacimiento y el ciento cincuenta de la publicación de su libro Sobre el origen de las especies por medio de la selección natural o la preservación de razas favorecidas en la lucha por la vida.

Este es el título real de la obra tal y como apareció en 1859. La expresión «razas favorecidas» difícilmente dejará de proyectarse sobre la trágica historia europea posterior a 1859, especialmente entre quienes piensan que el darwinismo es un producto científico del liberalismo victoriano y del malthusianismo. Por supuesto, el genocidio antijudío nazi se fundaba en una antífrasis del concepto de «raza favorecida».

En principio reconozcamos que hay un aspecto conmemorativo, y casi protocolario, en ésta efemérides, y que difícilmente nos eximiría de una acusación de incuria y dejadez si pasáramos por delante de estas fechas, sin darnos por enterados.

Los más entusiastas conmemorantes de Darwin lo consideran como el broche de oro del proceso civilizatorio que empieza con Galileo y Newton, y termina por consagrar la racionalidad científica como fundamento del conocimiento. Francisco José Ayala, el genetista español nacionalizado en EEUU, (del que en seguida hablaremos) dio hace dos meses una conferencia en la Universidad de Navarra con el título:»Copérnico y Darwin: dos revoluciones del pensamiento. Todos tres, Galileo, Copérnico y Newton comienzan unos hábitos de pensamiento que encontrarán en Darwin su culminación en términos de racionalidad científica. Esta racionalidad científica -especialmente en Darwin- ha de imponerse postergando un mosaico de ideas inspiradas o impuestas por el poder político o por el poder religioso o por la mezcla de ambos, de manera que la más alta condición del ser humano, es decir, su racionalidad ya no dependerá de dogmas, ni de leyes, ni del respeto a unas costumbres inveteradas o a una sensibilidad multisecular. Para los admiradores de Darwin es el triunfo de la racionalidad su gran aportación a la historia de la Humanidad.

Significa esto que la aparición de la obra de Darwin no fue un acontecimiento pacífico y placentero. Fue más bien el desencadenamiento de una guerra cuyos episodios duran hasta en nuestros días. Para bastantes gentes el nombre de Darwin representaba en substancia la afirmación de que el Hombre no era una creación de Dios, tal y como la narra el sagrado libro de la Biblia, sino que lisa y llanamente el Hombre procedía del mono. Este planteamiento escandaloso, junto con las especificaciones más concretas que lo explicaban, llegó a perturbar la vida de la propia familia Darwin, hasta el punto de que sus descendientes inmediatos, encargados de publicar póstumamente su Autobiografía, se vieron constreñidos a omitir frases que se les antojaban malsonantes y cuyo rescate no se produjo hasta la edición española de 2009.

Si aceptamos que el darwinismo sigue siendo una guerra, digamos por adelantado que lo más difícil no es saber quiénes tienen razón en un campo y en otro, sino saber con exactitud qué significa el pendón de cada contendiente a juicio del contrario. Entre los darwinistas es achaque común considerar que todo contrario al darwinismo es un creacionista. Acusación tan intencionada como gratuita. Entre los contrarios al darwinismo es muy penetrante la sospecha de que los adversarios son en realidad ateos que han encontrado en Darwin una felicísima confirmación teórica. Y tampoco eso está justificado en rigor. Cierto que Darwin en sus años postreros, sintió una cierta repugnancia hacia el cristianismo y hacia la existencia de un Dios castigador eterno y consentidor de las miserias de la Tierra. En una carta de 1879, en la que respondía a las preguntas de su corresponsal manifestaba una cierta ambivalencia respecto a la religión: «pero ya que me lo pregunta, debería declarar que mi opinión suele fluctuar […] En mis fluctuaciones más extremas nunca he sido un ateo en el sentido de negar la existencia de un Dios. Creo que en general (y más lo creo a medida que mayor me hago), pero no siempre, agnóstico sería la descripción más correcta de mi estado mental» (C. Darwin, Autobiografía, Editorial Edigrabel, Barcelona, 2010, p. 158) No sólo no llegó a formular un ateísmo definido sino que siempre dejó un escape libre hacia la consideración del origen de todas las cosas como algo misterioso que desbordaba las posibilidades del humano intelecto. Por eso mismo tampoco quiso dar un alcance holístico a sus ideas….»no pretendo proyectar la menor luz sobre problemas tan abstrusos -escribía en su autobiografía- El misterio del comienzo de todas las cosas nos resulta insoluble; en cuanto a mí deberé contentarme con seguir siendo un agnóstico» (C. Darwin, Autobiografía, Editorial Laetoli, Pamplona, 2008, p. 83).

Este párrafo, que a nuestro modo de ver es fundamental en su Autobiografía, nos muestra a un Darwin consciente de la existencia de una instancia metafísica, previa a la vida y por lo tanto al origen de las especies, en la que no quiso entrar por considerar un abstruso e inútil devaneo tratar de iluminar el misterio insoluble del comienzo de todas las cosas.

En esta guerra desigual que sigue siendo el darwinismo (desigual porque hoy por hoy, y cada vez más, el neodarwinismo sigue teniendo notable prevalencia) resulta difícil sentenciar quiénes tienen la razón o la verdad, y quiénes no la tienen. En realidad, tampoco esto fija definitivamente la cuestión, porque se da el caso de que algunos detentadores de la verdad y la razón -verdaderos detentadores- estropean su ejecutoria con actitudes altivas, despectivas y soberbias que excitan y legitiman la hostilidad de sus contrarios. A veces el achaque no es la soberbia, que suele darse más entre los partidarios de Darwin, sino el cerrilismo, que se produce más en las personas para las que el principio religioso es fuente ordinaria de inspiración y habitual norma de conducta. Adelantemos la conclusión a la que quisiéramos llegar de que el darwinismo es un importante asunto científico que no pocas veces se ve presionado y sustancialmente falseado por condicionantes extracientíficos.

En efecto, no son pocos los que han visto en el darwinismo, con gozo y con aires de triunfo, nada menos que la muerte de Dios. Obviamente tampoco han faltado, como decíamos, personas e instituciones religiosas que han achacado al darwinismo la intención de convertir a Dios en una fantasmagoría creada por el hombre. Próximo a esta idea resulta nada menos que Karl Popper cuando escribe en sus Conjectures and Refutations:The Growth of Scientific Knowledge (p. 408) que «la idea de una ley que determine la dirección y el carácter de la evolución es un típico error del siglo XIX que surge de la tendencia general a atribuir a la «Ley Natural» las funciones tradicionalmente atribuidas a Dios» (agradezco al biólogo Emilio Cervantes del CSIC la sugerencia de esta cita).

 

2. Darwinismo y Religión: el español Francisco José Ayala Pereda

El tema de las relaciones entre el darwinismo y la religión se nos pone por delante no sólo porque históricamente representa una primera torsión dialéctica y cultural entre los coetáneos de Darwin, sino por algo más actual y más estrechamente vinculado a nosotros y a los fines para los que fue creada esta revista «Acta Científica y Tecnológica»: dar a conocer al público español las aportaciones científicas de nuestra nación.

Sucede que la persona a la que debe atribuirse en el mundo un mayor aporte a la pacificación y clarificación del binomio religión/Darwin es un español que no ha gozado en España de la notoriedad con que brilla en el mundo universitario norteamericano y hasta en las más altas esferas políticas de aquel país. Se trata del científico español más destacado en el mundo al que se considera, además, la primera autoridad mundial como genetista: el madrileño Francisco José Ayala Pereda.

Nos alegra que el hilo de este trabajo nos obligue a referirnos a Francisco José Ayala, porque estamos casi seguros de que para no pocos de nuestros lectores tal referencia equivaldrá a una presentación.

Ayala nació en Madrid en 1934. Hizo sus estudios universitarios en Salamanca y en 1961 pasó a la Universidad de Columbia (EEUU) para hacer el doctorado, bajo la dirección de T. G. Dobzhansky, que terminó en 1964. El deseo de continuar la relación con Dobzhansky, quien había pasado a trabajar en la Universidad Rockefeller, llevó a esta Universidad a Francisco J. Ayala, y en ella trabajó hasta 1971, aunque dio también clases en el College Providence de Rhode Island. En 1971 dio dos pasos importantes en su biografía: adquirió la nacionalidad norteamericana y pasó a profesar en la Universidad de California Irvine, donde todavía continúa. Curiosamente, se repitió la historia pero al revés: ahora fue Dobzhansky, jubilado de Rockefeller en 1970, quien se trasladó a Irvine en buena medida para seguir disfrutando de la compañía de Ayala. Se trabó una gran amistad entre ambos hasta el punto de que Dobzhansky murió en el automóvil de Ayala, cuando este trataba de acercarlo a un hospital.

Confluyen cosas muy significativas en esta relación personal. En primer lugar la decisión de ir a hacer la tesis doctoral con Dobzhansky fue consejo del profesor de Salamanca Fernando Galán (Luarca 1908 – Salamanca 1999), quien a su vez era discípulo del genetista Antonio de Zulueta (Barcelona 1885 – Madrid 1971), cuya actividad docente e investigadora se desarrolló en el Museo de Ciencias de Madrid, a la sazón dirigido por Ignacio Bolívar Urrutia. Entroncaba pues Ayala con los hombres más significados de la Institución Libre de Enseñanza, y fue Zulueta el que le abrió el camino a Dobzhansky, quien -digámoslo de una vez- era el nombre más significado del neo-darwinismo. Pero quizá no era ésta la principal razón de su preferencia por Dobzhansky, sino el hecho de que éste no era sólo un biólogo, sino un pensador preocupado por los problemas filosóficos y trascendentales. Ayala, que había estudiado filosofía y teología con los dominicos, no se desentendió nunca de la inflexión religiosa en sus estudios. Y ello explica que haya sido Ayala quien ha formulado de manera más decisiva una proyección de la Ciencia y de la Religión carente de interferencias mutuas. Es especialmente significativo que el primer libro de Ayala sobre Filosofía de la Biología (1974) lo escribiera en íntima colaboración con Dobzhansky, al igual que Estudios sobre Filosofía de la Biología donde recogían las aportaciones de un encuentro celebrado en Italia donde estuvieron presentes Karl Popper y Peter Medawar. Después publicaron conjuntamente la obra Evolución.

Ayala ha tenido una ascensión meteórica en los ambientes científicos y universitarios norteamericanos. Es doctor «honoris causa» por diecisiete universidades, es miembro de la Asociación de Ciencias de EEUU y fue presidente de la Sociedad Americana para el Avance de las Ciencias, así como asesor científico del presidente Clinton. Fue editor de la revista Science. Ha publicado más de doce libros y más de quinientos artículos científicos. En su libro Darwin y el diseño inteligente (2007) aborda abiertamente la compatibilidad entre el evolucionismo y el catolicismo, pero a mediados de los años setenta ya había comenzado su actividad contra la enseñanza del creacionismo como una disciplina científica en los colegios de California.

Sucedió que en 1980, siendo Ayala Presidente para el Estudio de la Evolución, el Estado de Arkansas, por la presión de instituciones cristianas protestantes, aprobó una ley que emparejaba el estudio de la Evolución con la ciencia de la Creación, apelando a seis afirmaciones tomadas del Libro del Génesis. En 1982 el juez Overton declaró que el creacionismo no es ciencia, sino religión y por lo tanto no se podía estudiar en la escuela pública. Ayala redactó en esta circunstancia un documento en el que se declaraba que la enseñanza de la religión como ciencia era anticonstitucional. El problema de la enseñanza del creacionismo como ciencia a enseñar en la escuela pública afectó a muchos Estados de la Unión -en realidad sigue afectando- y las resoluciones públicas que se tomaron en su contra tuvieron como sustento doctrinal el documento de Ayala, que ha llegado a tener una validez generalizada en el pensamiento norteamericano.

El pensamiento de Ayala puede resumirse en una de las primeras frases de su libro Darwin y el diseño inteligente: «El mensaje central de este libro es que no hay contradicción necesaria entre la ciencia y las creencias religiosas». La misma actitud puede observarse en la Santa Sede y en los medios vaticanos, cuando el 22 de octubre de 1996 el Santo Padre Juan Pablo II dirigió a la Academia Pontificia de Ciencias un mensaje de gran importancia doctrinal: «La Evolución es más que una mera hipótesis». En junio de 2009, en el Auditorium de la Universidad Gregoriana, tuvo lugar un encuentro de evolucionistas de todo el mundo con el cardenal Levada, Secretario de la Congregación para la Doctrina de la Fe. Francisco José Ayala fue el presidente de la primera sesión el día 21, y en ella el cardenal Levada habló a favor de la evolución y de su compatibilidad con la doctrina católica.

Estas son también las ideas prevalentes del pensamiento del papa Raztinger: «esta contraposición -entre la doctrina católica y el evolucionismo- es absurda, porque, por una parte, existen muchas pruebas científicas a favor de la evolución, que se presenta como una realidad que debemos ver y que enriquece nuestro conocimiento de la vida y del ser como tal. Pero la doctrina de la evolución no responde a todos los interrogantes y sobretodo no responde al gran interrogante filosófico: ¿de dónde viene todo esto y cómo todo toma un camino que desemboca finalmente en el hombre?» El atento lector recordará que Darwin en su Autobiografía también advertía que la cuestión del origen de todas las cosas era un problema abstruso y un misterio que nos resulta insoluble. Daba una solución agnóstica, independiente del tema de la evolución, que en el papa Raztinger constituye un interrogante planteable que se resuelve en el terreno filosófico.

A nuestro modo de ver Ayala ha sido el mayor componedor de una idea de conciliación entre la ciencia y la religión que puede pacificar los espíritus y garantizar la libertad en estas materias. Suyas son estas palabras claras e ilustrativas: «La ciencia y la religión son como dos ventanas de mirada al mundo, lo que se ve desde cada ventana es distinto, pero es el mismo mundo. Y son compatibles, esa es mi manera de ver las cosas. La ciencia se ocupa de explicar los procesos naturales por medio de leyes naturales. La religión trata del significado de la vida, del propósito de la vida, de nuestras relaciones con los demás; sobre estas cosas la ciencia no tiene nada significativo qué decir. Y la religión no tiene nada significativo qué decir sobre la ciencia porque no trata de esas cosas. Las dos se interfieren cuando dejan su campo en el que tienen autoridad y entran en el otro. Y éste es el problema con los fundamentalistas cristianos en Estados Unidos y los islamistas en otros países, que quieren hacer de la Biblia un libro de texto científico, como si fuera un tratado de astronomía o de biología, y entonces sí hay contradicción y se destruye a sí misma.»(El País. Entrevista a F. J. Ayala. Con la teoría del diseño inteligente, Dios sería el mayor abortista. 21/06/200).

Estos logros doctrinales pueden considerarse altamente beneficiosos en la perspectiva de una historia de la España Contemporánea. La recepción de las obras de Darwin en la segunda mitad del siglo XIX constituyó una importante aportación a la dialéctica pugnaz entre el liberalismo y las fuerzas conservadoras o, si se quiere, entre el librepensamiento y la Iglesia. La bibliografía dedicada a este tema es lo suficientemente abundante como para sugerir que no se trató de una cuestión banal. Diego Núñez en su valiosa y matizada obra El darwinismo en España (1977), y Francisco Pelayo, investigador del CSIC, en su más reciente trabajo Creacionismo y evolucionismo en el siglo XIX: las repercusiones del Darwinismo en la comunidad científica española (1996) aportan un registro significativo de las variadas publicaciones que han ilustrado el tema del darwinismo en España, sus orígenes y procedencia -es curioso que una de las primeras vías de penetración fue la presencia del krausismo en España- y sus repercusiones tanto en la reorientación del pensamiento universitario español como en la dialéctica política entre Tradición y Libertad. Sobre la aparición del darwinismo tiene especial riqueza, dentro de su carácter sintético, la Introducción a la edición de El origen de las especies publicada por la Austral en 2009, para conmemorar el centenario obra de Jaume Josa Llorca.

En conclusión, digamos que en la actualidad, especialmente gracias a las obras e intervenciones de Ayala Pereda, las controversias en torno a la aceptación del darwinismo han quedado sustancialmente fuera del considerando religioso católico. Otra cosa habría qué decir respecto al pensamiento protestante norteamericano.

3° La aparición del darwinismo y su complejo éxito

La famosa obra de Darwin cuyo centenario hemos celebrado el año pasado, El Origen de las especies, se publicó en 1859, pero no fue hasta 1872, año de la publicación de la sexta edición, cuando apareció por primera vez su concepto de evolución. Es a partir de este año cuando el pensamiento de Darwin se completa en cuanto a sus dos conceptos fundamentales: la evolución y la selección natural. Toda la vida, según Darwin, evolucionó a partir de una o de pocas formas simples de organismos. Las especies evolucionan a partir de variedades preexistentes por medio de la selección natural. «A esta conservación de las diferencias y variaciones individualmente favorables y a la destrucción de las que son perjudiciales la he llamado yo selección natural o supervivencia de los más adecuados».

El «complejo éxito», al que aludimos en el presente subtítulo, tiene que ver con datos y aportaciones, en los que Darwin se inspiró, que concomitan al suceso doctrinal y, en todo caso, parecen complicar la exclusividad de su autoría.

Así, uno de sus dos conceptos fundamentales, el de la selección natural, se le ocurrió en octubre de 1838, quince meses después de empezar a sistematizar los apuntes con que contaba, tras arribar a Inglaterra en 1836 a bordo del HMS Beagle, de su famoso viaje a Suramérica. «Sucedió que leí por diversión el ensayo sobre la población de Malthus, y comencé a estar bien preparado para apreciar la lucha por la existencia que se da en todas partes a partir de observaciones a largo plazo de los hábitos de animales y plantas, y de inmediato me impactó el hecho de que bajo tales circunstancias las variaciones favorables tenderían a ser preservadas, mientras que las desfavorables serían destruidas. El resultado de esto sería la formación de nuevas especies. Aquí, por tanto, por fin había una teoría con la que trabajar».

Sobre el otro gran concepto darwiniano, la evolución, escribe Gould: «Creo que Lamarck tuvo mucha más influencia sobre Darwin de lo que reconoce la tradición (un punto avanzado también por otros historiadores de la ciencia: véase Corsi, 1978; Mayr, 1972, p.90)… Darwin dijo poco de Lamarck en sus publicaciones. La única referencia explícita a la teoría lamarckiana en El Origen es un cicatero elogio en el prefacio histórico añadido a las ediciones posteriores a la primera. Pero sabemos que Darwin estudió a Lamarck intensamente y no le gustó lo que leyó. Tenía un ejemplar de la edición de 1830 de la Philosophie Zoologique (véase Hull, 1985, p 802) que leyó al menos dos veces y del que tomó gran cantidad de notas. Lo que quizá sea más importante es que Lamarck proporcionó a Darwin una introducción al tema de la evolución a través de la imparcial pero crítica exégesis de Lyell en sus Principles of Geology» (Gould, 2002, p.221-221).

Respecto a la paternidad de la idea de la evolución se asocia a Darwin otro nombre que influyó bastante para que éste se lanzara a la exposición de su doctrina: Alfred Russell Wallace. En 1855 había publicado Wallace un artículo titulado On the law which has regulated the introduction of new species en el que planteaba el tema de la evolución. Había observado que no todos los ejemplares de una misma especie eran iguales y que variaban genéticamente creando desigualdades. En 1858 escribió otro artículo On the tendency of varieties to depart indefinitely from the original type, donde proponía a la selección natural como el mecanismo propio de la transmutación de los especies.

Wallace envió su artículo a Darwin para su examen y éste leyó el texto con la máxima atención y estima, considerando que su tenor aclaraba los interrogantes que venían planteándosele desde hacía más de veinte años. Darwin publicó El origen de las especies el 24 de noviembre de 1859, y no tuvo inconveniente en presentar el trabajo de Wallace en la Sociedad Linneana de Londres el 1 de julio de 1859, adelantándose a la publicación de su libro. Jaume Josa Llorca, en su espléndida introducción a la edición Austral de El Origen de las especies, hace notar la buena relación entre Wallace y Darwin que permite identificar la autoría de la teoría de la selección natural como cosa de ambos. «Algo parecido ocurrió con la teoría de la selección natural, que fue formulada por Wallace y Darwin. Aunque se habla siempre de darwinismo, Wallace debe ser considerado coinventor de la teoría de la selección natural, y es el fundador de la zoogeografía basada en la evolución. Gracias a la buena disposición del propio Wallace y a los buenos oficios de Lyell y Hooker, amigos de Darwin, éste no perdió la prioridad al presentar conjuntamente en una comunicación en la Linnean Society de Londres trabajos en los que se argumentaba el papel de la selección natural en la trasformación de una especie a otra. (p. 21)

Pasados treinta años, Wallace publicó una serie de conferencias con el título de «Darwinism» que venían a ser una repristinación de las ideas de Darwin y de las suyas propias, pero aportando datos científicos que en tiempos de Darwin eran desconocidos. El examen de estos textos parece mostrar que el pensamiento de Wallace y de Darwin estuvo más imbricado todavía que lo que se había mostrado en aquella colaboración inicial y que la aportación del primero al segundo había sido todavía más sustancial. Tanto es así que no han faltado autores que han considerado justo denominar como Darwin-Wallace el mecanismo de la Selección Natural.

Estos repartos de autoría parecen conspirar contra la trascendencia científica de Darwin y sugieren un cierto reduccionismo que haría menos justificado el afán por instalar su nombre en el Olimpo de las máximas divinidades de la ciencia, junto con Galileo, Copérnico y Newton. El propio Einstein y su teoría de la relatividad se han considerado del mismo porte e importancia que el planteamiento de la Evolución.

A decir verdad, la espectacular trascendencia de Darwin en el campo de la biología ha contado con ayudas externas y hasta organizativas que de nuevo nos dejan un tanto en suspenso respecto a los méritos intrínsecos de nuestro hombre. Bertrand Russell, R. M. Young y Bernard Shaw atribuyeron el éxito de Darwin a la oportunidad de sus formulaciones como explicación de la situación económico-social de la Inglaterra del colonialismo y de sus injustas condiciones sociales. Para ellos se trataba de la aplicación de las ideas de Malthus y Spencer que premiaban el éxito de los más dotados y condenaban a los menos dotados, viciosos e irresponsables respecto a sus familias demasiado numerosas. Si queremos ser justos, hemos de reconocer que el llamado «darwinismo social» no explica suficientemente el éxito clamoroso que en el terreno de la ciencia tuvo Charles Darwin. Es preciso, sin embargo, contar con la figura de Thomas Henry Huxley para explicar el éxito científico de Darwin. «Huxley era «un científico líder en su época y un activista político, cualidades que le aportaron las palancas necesarias para ayudar a construir un orden en el que la ciencia y el profesionalismo reemplazasen a los clásicos y el mecenazgo». «Fundó, junto con Joseph Dalton (otro poderoso protector de Darwin) el X-Club, en el que también figuraban Herbert Spencer, John Tindall y otros que, durante una década, controlaron la Royal Society. Huxley fue presidente de la Geological Society, la Ethnological Society, la Brithish Association for the Advancement of Science, la Marine Biological Association y la Royal Society». «Con plazas en diez Comisiones Reales, deliberando sobre todo, desde las pesquerías a las enfermedades o la vivisección, penetró claramente en los laberínticos corredores del poder». «También, junto con Hooker, fundó la revista Nature». «El X-Club fue fundado con el objetivo de «promover el darwinismo y el liberalismo científico» y «fue acusado de ejercer demasiada influencia sobre el ambiente científico de Londres» es decir, del Imperio». (Web Genaltruista, Entrevista a Máximo Sandín con motivo del «Año de Darwin»)

4º La difícil valoración de la obra de Darwin

Las consecuencias que pudieran desprenderse de cuanto acabamos de exponer podrían sustanciarse, con el debido afán de justicia, en una distinción que ya hace tiempo adquirió carta de ciudadanía: la distinción entre Darwin y el darwinismo. La peripecia personal de Darwin, matizada por las aportaciones de otros a su propio pensamiento, cedería en importancia o trascendencia ante el hecho de que en realidad de verdad debiéramos reconocer -como tantos entusiastas de su figura- que la idea de la selección natural y del evolucionismo es el principio vertebrador de toda la ciencia biológica. Es Dobzhansky quien dice que «en biología nada tiene sentido si no se considera bajo el prisma de la evolución». ¿Podemos considerar a Darwin como el autor luminoso y genial que formuló las ideas por las que se rige de una manera congruente y expedita la moderna ciencia biológica?

La respuesta más tajante a esta pregunta es: no. Pero mejor no confundirse en la interpretación de esta negativa, porque no es a Darwin a quien se niega un galardón, sino que es a la propia ciencia biológica a la que se le niega la condición de corpus sistemático, coherente y ordenado. La historia posterior a Darwin ha producido novedades que son modificaciones de su pensamiento y sugieren la impresión de que el mecanismo de la selección natural es un principio capaz de aclimatarse a los nuevos descubrimientos de la biología dentro de una fidelidad básica al autor de El Origen de las especies. Dicho de otra manera, parece que la biología es un sistema coherente y cambiante que avanza hacia el futuro dentro de un sólido orden conceptual legado por el genial Darwin. Tal es el caso del neodarwinismo, concepto formulado en 1895 por George John Romanes sobre la afirmación de que la reproducción sexual en cada generación crea una nueva y variable población de individuos. Asimismo, gracias a Dobzhanski, Ernst Mayr, G. C. Simpson y otros nació una concepción general e integradora: la teoría sintética de la evolución que perfeccionaba a Darwin incorporando la teoría cromosómica de la herencia iniciada por Mendel y la genética de poblaciones. La síntesis moderna ponía en relación los genes (verdadera unidad de la evolución) con el mecanismo de la evolución (la selección). En 1973 obtuvieron el premio Nobel Konrad Lorenz, Karl von Frisch y Niko Tinberger, acontecimiento que supuso la puesta de largo de la ciencia etológica. Finalmente, la sociobiología de Wilson todavía conserva la frescura y el interés del hallazgo de sí misma.

Pero volvamos a la pregunta ¿Existe un panorama claro de la ciencia biológica, un panorama claro por cuanto iluminado por las formulaciones que nos legó Darwin? Para las viejas guardias del darwinismo evidentemente, sí. Pero hoy en día proliferan los mistificadores, los que no se sienten cómodos con las novedades que depara la ciencia, que a nuestra pregunta anterior responden: «no, pero sí» o si se quiere «sí pero no». Hay eminencias como García-Bellido que confiesan su conformidad casi total con Darwin, siempre que se encajen los genes con los que éste no contó. Y hay quien no se aclara; y visto el fenómeno desde fuera, es decir, por los que no somos biólogos, parece percibirse en no pocos un cierto miedo y una falta de libertad.

Esta postrera impresión nos lleva a referenciar al final de este trabajo a Máximo Sandín, polémico profesor de bioantropología, duramente criticado, que ya hemos citado en párrafos anteriores. Suyas son estas palabras que sintetizan la cuestión que nos ocupa: «porque lo que parece claro es que esta situación no puede prolongarse mucho tiempo, y son cada día más las voces muy cualificadas que plantean la necesidad de renovar las bases conceptuales de la Biología, lo que abre un enorme abanico de posibilidades para que los nuevos científicos, libres de la carga de inercia dogmática que soporta nuestra disciplina, tengan la oportunidad de aportar nuevas ideas que conduzcan a la elaboración de un nuevo modelo teórico, más congruente con la realidad de los fenómenos naturales» (M. Sandín, Pensando la Evolución, Pensando la Vida, Ediciones Crimentales, 2006, p. 289).

Los centenarios de Darwin nos han parecido un acontecimiento muy oportuno, especialmente si se han aprovechado para ponernos delante el ejemplo de este inglés aventurero y concienzudo, amante de la ciencia, cuya trascendencia en la historia es evidente, incluso para quienes pretendemos matizar cuál es el escalón que le corresponde en el Olimpo del saber.

Jesús Martín Tejedor